miércoles, 29 de octubre de 2025

MI MAMÁ TU Y YO


Tal vez si lo hubiera sabido, no habría llegado a ese punto de no reversa, tal vez si hubiese escuchado los consejos de su sabía madre su destino habría sido otro, pero como en muchas otras vidas las personas suelen tomar las decisiones más importantes en los momentos más álgidos; era lo que llegaba a la mente de Mariana cuando se detenía a pensar y repensar sobre sus actuales condiciones y cuando recordaba esa infancia extrañamente feliz que tuvo al lado de esas personas a las que alguna vez llamó familia.

Corrían los años 90, cuando en el seno de una familia Bogotana común de clase media, conformada por Sol una mujer sensible pero aguerrida, de muslos fuertes y larga cabellera negra, tez trigueña y frustrada por haber sido madre por equivocación pero acomodada a su condición materna obligada por los cánones sociales que existían por aquellos días; Don Pedro padre de Sol, incansable trabajador en su pequeña zapatería, un hombre robusto con el cabello blanco como la nieve, unas gafas exageradamente gruesas por las que Ana, su esposa, siempre se preguntó si veía más allá de lo que cualquier otro mortal podría ver pues siempre le decía: ¡Ana, por favor mira más allá de tus narices!; frase que caló en su mente todos los años que compartió con él desde que se casaron en ese pueblo al que nunca más pudieron volver, pues esa gente los sacó de su casa un día cualquiera a la media noche y cuya única posesión fue la ropa que llevaban puesta.

Doña Ana, que siempre fue el polo a tierra de Don Pedro, era una mujer determinada, obstinada como muchas y amorosa como pocas, alta, con los ojos verdes como las esmeraldas que hechizaban en cada posible intervención que hacía, arraigada a las creencias religiosas de una sociedad donde era pecado traer hijos al mundo fuera del sagrado matrimonio, cosa que desde siempre le trató de inculcar a Sol. 

Sin embargo, Sol era todo menos una mujer doblegada y menos a creencias que para ella no tenían fundamento alguno; seguramente por eso Mariana llegó a su vida de la manera menos pensada, pero la aceptó porque también pensaba que las cosas pasaban por algo y al final muy a pesar de sus escasos 20 años, se embarcó en el difícil oficio de ser mamá, una mamá soltera que no era bien vista por el resto de la sociedad, pues su retoño era producto del pecado libidinoso de sus más profundas pasiones, pues ese hombre dueño de sus ardientes deseos, desapareció tan rápido como apareció.

Así fue como Don Pedro y Doña Ana, terminaron por aceptar nuevamente a Sol en su casa, y ya no sola, si no con esa hija producto del pecado a quien acogieron a regañadientes y trataron hasta el final de sus vidas de que su destino fuera diferente al de su madre, por su parte Sol, solo tuvo tiempo para trabajar tan duro como podía para abastecer a aquella niña que dependía de ella y para quien ella era su único modelo a seguir.

Para Mariana, una niña con alma rebelde y cuestionadora, le resultaba difícil entender por qué ella no tenía papá como los otros niños de la escuela pública a la que asistía.

-Simplemente un día vino y se fue, le decía Sol-

Claramente no era una respuesta convincente para Mariana, quien como figura paterna siempre había tenido a su bonachón abuelo, que alcahueteaba todos sus caprichos sin que su abuela y su madre se enteraran, pues él también se compadecía de esa pobre niña sin papá y de quien rogaba a Dios enderezara su camino para que no repitiera la historia de su madre, y así fue hasta el final de sus días víctima de un problema respiratorio consecuencia de su arduo trabajo como zapatero.
Mariana, ahora, rodeada solo de su madre y su abuela y llenándose de un rencor al que no le hallaba explicación alguna, se empecinó en encontrar a ese hombre que descargó toda su irresponsabilidad en los hombros de su madre, quien nunca más conoció el amor; pensaba muchas veces que era el actuar de un total inadaptado, tenía muchas preguntas y ninguna respuesta, pues al hacerlas, Sol se limitaba a cambiar el tema y decir que no recordaba donde lo había conocido y que escasamente sabía su nombre y tampoco estaba segura de eso.

Algún día cuando Sol se detuvo por un momento a observar a Mariana, después de bañarse, se percató de que su hija era toda una mujer, que había heredado su estatura y sus piernas fuertes, y en sus ojos veía los de su madre, pues eran tan verdes como los de ella, claramente un mujeron llamativa ante los ojos de cualquier hombre y merecedora del mejor amor de todos, siempre le decía:

“Tienes que escoger muy bien quien se acerca a ti, no todas las caras bonitas son mansas ovejas”

Mariana, inconsciente de su belleza pero segura de las sensaciones que experimentaba al ver a ese hombre maduro, que siempre veía al cruzar la calle, se preguntaba si seguramente, de manera inconsciente , se enamoraba de la figura paterna que nunca tuvo, se sentía protegida con solo sentir su instantánea compañía en ese fragmento de tiempo en que estaba con ella al cruzar la calle, sonrojada por esa inexplicable mezcla de emociones, un día dejó de lado todo pudor y se acercó a él; lo único que se le ocurrió fue preguntar por una dirección que ella sabía, no existía en su barrio, pues toda su vida había transcurrido allí, sin embargo lo hizo y en ese preciso instante, sintió como sus manos sudaban, sus piernas temblaban y su ser se desvanecía ante la mirada penetrante de aquel hombre que rondaba los 45 años y que podría hasta ser su padre, pero que no importaba, porque tenía más experiencia que cualquiera de sus amigos y ella quería aprender de la experiencia y no de la experimentación.

En el pasado quedaron los consejos de su madre cuando le decía aquello de tener cuidado con quien se le acercaba, pues la pasión desbordante que generaba Martín en ella era tal, que el pudor y el miedo se habían ido como a otra dimensión y solo quedaba disfrutar de las mieles de la pasión que ofrecía el momento, pues sabía que Martin, un hombre con vasta experiencia en el amor, no creía en ese sentimiento cursi como en repetidas ocasiones lo llamaba.

-          Los dedos de los pies de las personas son la parte más fea del cuerpo, le decía a Mariana un día después de tener el sexo más desenfrenado que había podido experimentar hasta ese día. De hecho, tus dedos se parecen a los míos, por lo menos es la única parte que no me gusta de los dos. -
-          Mariana, por su parte decía que los pies de todo el mundo eran iguales, menos mal siempre estaban cubiertos con gruesas medias, por lo menos en Bogotá y nunca pensaba en cambiar de residencia, por lo que no le afectaba en lo más mínimo la forma de sus pies.
Sol, preocupada por las nuevas aventuras de su hija, le preguntó un día muy de madrugada:

¿De dónde vienes con ese olor tan particular?

A lo que Mariana respondió con aire autoritario y poco agradable, que no era su asunto, que le dejara la vida en paz.

-     Siempre te he preguntado el nombre de quien es mi padre y nunca me lo has dado, porque seguramente ni eso sabes.

Hubo un largo silencio, un silencio en el que Sol, recordaba cada vez que prefería proteger a su hija de verdades que a su concepto le resultarían amargas o inútiles pues era capaz de dar todo a su hija para que no tuviera motivos para sufrir en la vida como pasó con ella.

-          Martín retumbó Sol, el nombre de tu padre es Martín, su perfume era fino y único, por eso, ese olor que traes hoy me es tan particular.

En ese momento, Mariana, no comprendía nada, recordaba lo dicho por Martin aquella noche, encontrando parecido entre sus pies y los de él.

¡No puede ser, esto es imposible! Pensó Mariana, claramente desconcertada.

Pasaron varios días en los que analizó cada momento vivido con Martin, y fue encontrando lo que no quería saber, Martin, era su padre y aunque ella no lo quisiera, esa era la verdad, ahora, tan fuera de sí, tan humillada, tan poco elocuente, sabía que había entregado sus pasiones a su propio padre y aunque él tampoco lo sabía, simplemente llegó a la conclusión de que aquel hombre no era otra cosa que un bastardo, un animal. 

Ya no podía hacer nada, ya no podía devolver el tiempo a aquel instante y no detenerse a preguntar estupideces solo por acercarse a él, ahora el mayor problema de todos era saber que lejos de su intención básica de solo aprender del amor, estaba enamorada.

¡Estoy enamorada de mi propio padre! ¿Qué es esto?

Mariana, que siempre fue alejada de las costumbres religiosas de su abuela, no veía el incesto que había cometido, como un pecado, lo vio como una antesala a lo que posteriormente llamaría acuerdo natural con la vida.

Con las manos untadas de sangre y diluida en un dolor inexplicable, Mariana veía a Martín, ahí, postrado en esa cama que minutos antes había sido testigo de su éxtasis y pasión y pensando que solo lo estaba liberando de sus errores del pasado, murió lentamente como lento fue el sufrir de Mariana durante toda su vida al no tener esa figura amiga que se llama papá y cuya único sonido que escuchó en esos últimos instantes de vida, fue la voz de Mariana, informándole que era su padre, que ella había sido el producto de una noche de mucho trago y de descontrol entre él y su madre.

Vete, decía Mariana, vete allá donde los pecados se perdonan, donde dicen que la felicidad es tanta, que no cabe en las almas, debes irte feliz porque estoy ayudándote a llegar más rápido, Mariana, pasó el resto de sus años estancada en la felicidad interna de saber que el amor, había nacido y muerto en ella, por su propia decisión dueña de su ser, de su vida, de su cuerpo y finalizando aquella historia que su madre no pudo por temor o por resignación.




Imagen tomada de: https://www.pinterest.ca/pin/463518986633323796/


6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Cómo debo decirle ahora. Cual es su seudónimo?. Me gustó , es una especie de tragedia griega a la colombiana . Patas vemos , andadas no sabemos

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    2. Como de tragedias se trata, estamos en el paraíso de la inspiración.

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  2. Wow. Me erizo la piel! Corto pero intenso. Me pregunto cuando saldrá el próximo?

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    1. Hola Johis, hay una siguiente entrada que se titula, "Una cara, mil matices" te puede gustar también. ¡Saludos!

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