Ignacio, un hombre como cualquiera, con
objetivos como todos, una profesión definida, un trabajo que, si bien no lo
hacía del todo feliz, le aseguraba de alguna manera los ingresos necesarios
para darse un nivel de vida adecuado, por encima del promedio de personas que
batallaban día a día para conseguir el sustento de la supervivencia en la
sociedad donde vive; y así, entre ires y venires transcurrían los días de
Ignacio Roncancio, un hombre bogotano de 33 años que veía el mundo a través de
un raro lente o por lo menos eso pensaban sus amigos más cercanos, pues,
aparentemente todo en él parecía transcurrir de una manera normal como la de
cualquier hombre a su edad, pero, él tenía un alma curiosa, con ganas de
explorar muchas experiencias que según
él mismo, le hacían falta vivir pues su infancia fue un poco limitada en lo que
a diferentes libertades se refiere y así como sus amigos mas cercanos pensaban
que él veía la vida a través un raro lente también pensaban que era una mezcla
extraña entre adolescente y adulto, algo así como un adultecente.
Un buen día cuando Ignacio salía de manera
matutina a su trabajo, se encontró con Mauro, su amigo de toda la vida, quien se
le quedó mirando de manera detenida, a lo que él le pregunta con cierto aire de
burla:
-¿Hay algo especial en mi cara hoy Mauro?
- No, bro, es solo que hasta ahora no me había
dado cuenta de que físicamente ha cambiado mucho, en serio -respondió Mauro-
Ignacio no le prestó mucha atención al
comentario de Mauro, pero pensó que seguramente era cierto y posiblemente no lo
había notado antes pues veía la misma cara todos los días frente al espejo;
físicamente era un hombre de estatura media, con un corte de cabello clásico,
tez blanca, ojos cafés grandes y mirada a veces un poco perdida; mientras Mauro
era un hombre de mayor tamaño, robusto, trigueño y con una barba espesa pues
pensaba que en realidad tenía una pelea cazada con las cuchillas de afeitar,
cosa que Ignacio siempre le criticó, pues para él, los hombres debían mantener
una apariencia limpia, de esas que hacen notar muy bien la cara; la barba, le
decía en ciertas ocasiones, es el maquillaje para los feos y reían regularmente
con el comentario.
Los dos habían decidido estudiar la misma
carrera profesional pues desde niños habían pensado que tenían mentalidad y
personalidad en común y que siempre serian amigos, sin embargo, con el pasar de
los años, esa visión de niños fue cambiando pues claramente tenían
personalidades muy diferentes, mientras Ignacio era metódico, cuadriculado y
menos sociable, Mauro era dicharachero, le gustaba tener amigos por montón y en
los estudios no le iba tan bien como a su amigo y tal vez por eso sentía cierta
envidia hacia Ignacio.
En ese momento, Igancio sonrió irónicamente y
le preguntó a Mauro si quería hacer algo el fin de semana a lo que este le
contestó que claro, el partido de futbol sería ese sábado entonces también
podrían compartir un par de cervezas.
-
¡Listo,
el sábado nos vemos entonces! -contestó Ignacio-
Los siguientes dos días transcurrieron con
normalidad, nada extraordinario, pensaba Ignacio cuando llegaba a su
apartamento, sólo, con un par de manzanas podridas en su nevera y comiendo únicamente
lo que veía en las cartas de los domicilios porque aparte de todo, nunca había
aprendido a cocinar ni lo mas básico para sobrevivir.
Durante los últimos años se sentía extraño,
algo así como que no encajaba con nada, a veces se cuestionaba la profesión que
había elegido, a veces quería desaparecer en términos físicos a la familia en
la que había crecido, que en sí no era muy numerosa. Su madre, una mujer
abnegada, hogareña, cuya mayor labor fue dedicarse a la crianza de sus dos
hijos, rondaba los sesenta años y siempre estuvo bajo la sombra de su padre,
era de baja estatura, ahora con los años, su cabello era totalmente blanco,
siempre estuvo ahí para atenderlo, Ignacio nunca supo si su madre tenia sueños
reprimidos o si tal vez tenía algún tipo de frustración por haber querido hacer
otra cosa diferente a ser madre, tal vez la señora Matilde solo tuvo un sueño y
fue lo que al final realizó, mantener su familia a costa de lo que fuera.
Su padre, un hombre estricto, de fuerte
presencia y alta estatura y cuyo nombre sonaba igual de fuerte que su
personalidad don Aaron, y de quien heredó ese apellido raro por el que muchas
veces lo molestaban en el colegio, don Aaron Roncancio era un hombre que
siempre impartió disciplina en su casa, violento, castigaba severamente a sus
hijos por la mas mínima pequeñez, y claro, a Ignacio por ser hombre, le habían
tocado los golpes más dolorosos; muchas veces Ignacio había tenido que ver a su
padre en compañía de prostitutas, pues esta al igual que el alcohol, era otra
de las debilidades de su padre pero tenía prohibido hablar de este tema delante
de su madre, pues don Aaron siempre decía que en su casa habitaba una suerte de
mujeres que sencillamente debían vivir en servicio de la familia, la cocina y
el hogar.
Claramente un hombre con fuertes
comportamientos machistas y algo misóginos, lo cual repercutió fuertemente en la
relación de Ignacio con las mujeres, empezando por su hermana, Juana, que
aunque no se sentía orgulloso de pensarlo, siempre tuvo en la mente que era un
ser inferior, pues solo pasaba el tiempo con sus amigas hablando de nada, temas
vacíos, era una estudiante promedio, muy bonita por cierto y por esta misma
característica nunca le faltaron los pretendientes, lo que lo hacía pensar que
no iba a tener dificultad a la hora de conseguir marido.
Nunca tuvo una conversación de nada importante
con ella, peleas un tanto normales entre hermanos, el simplemente prefería
ignorarla y en la mayoría de las ocasiones, negaba tener una hermana, hasta
Mauro, su amigo, pensaba que era hijo único y que Juana era una prima lejana.
El día del partido llegó, así que siendo las 3
pm de ese sábado Ignacio llegó al punto de encuentro con Mauro, bebieron un par
de cervezas mientras empezaba el partido, sin embargo, Ignacio se sentía
exhausto de su vida, de las cosas que pasaban y de las que no; así que mientras
hablaba de temas triviales con Mauro, miró a la puerta y en ese mismo instante,
entraba una mujer muy hermosa, tal vez la más bonita que en su vida hubiera
visto pero no sabía cómo acercársele ni como hablarle; Mauro se dio cuenta de
que su amigo tenía toda la atención puesta en aquella mujer así que conociendo
la timidez de su amigo, tomó el sartén por el mango y se acercó a aquella
mujer, que si bien era bonita, tenía algo particularmente extraño en su manera
de hablar y de vestirse.
Hola -le dijo Mauro a la mujer-, me llamo
Mauricio y bueno, la verdad es que mi amigo te quiere conocer, pero ya sabes,
es algo tímido y no sabe como acercarse, si quieres puedes venir a nuestra mesa
y tomar algo con nosotros.
Mi nombre es Isabel, -le contestó la mujer-,
claro, en un rato paso por su mesa.
Pasaron veinte minutos y la mujer aún no se
acercaba, por lo que Mauro le dijo a Ignacio, que lo había intentado, pero al
parecer Isabel no iría.
Dicho esto, Isabel se acercó y saludó a Mauro,
estiró su mano hacia Ignacio y le dijo:
-Mucho gusto, me llamo Isabel, ¿Cómo te llamas?
-Ignacio, un placer -contestó Ignacio-
Mauro sabía que su presencia era algo menos que
innecesaria así que se apartó y los dejó solos para que se conocieran.
Ignacio entró rápidamente en confianza con
Isabel, aunque también notó algo extraño en ella, esto la hizo más interesante
aún ante sus ojos.
Hablaron durante casi toda la noche, Ignacio
olvidó por completo la compañía inicial de Mauro, por lo que simplemente este
se había ido del lugar mucho antes de que Ignacio se acordara de él. La charla
con Isabel era tan entretenida que simplemente el tiempo para Ignacio pasó en
un abrir y cerrar de ojos, hablaron de lo que les gustaba, de lo que no, de sus
vidas rutinarias y de sus melancolías por supuesto.
-Aún no le
encuentro sentido a mi vida- decía Ignacio, tengo momentos interesantes como
este, pero no va mucho más allá, es como ese sin sabor con el que amaneces a
diario y nada pasa, solo los días delante de ti.
Isabel
escuchaba a su interlocutor y recordaba que ella sentía precisamente eso
aquella noche donde las puertas de la oscuridad se abrieron para siempre, y
aunque oscuras, en ese espacio atemporal simplemente encontró la paz a su
manera. Por lo que le dijo a Ignacio, que esas sensaciones eran de lo mas
normal, que él encontraría ese camino por donde transitar para hallar eso que
tanto anhelaba, pero que los obstáculos serian siempre lo constante, lo único seguro
es la inseguridad atrapante en todo este camino.
Miraron el
reloj, y se dieron cuenta que eran casi las tres de la mañana, Isabel, sin
apuro, le propuso a Ignacio acompañarla a su casa y donde podrían tomar unas copas
más.
-Bueno, no
tengo problema- dijo Ignacio
De camino,
Ignacio le preguntó a Isabel -¿con quién vives?-
-Con mi
familia- respondió Isabel, sin entrar en mucho detalle, pero ellos están de
viaje, así que no habrá problema si llego a casa con un amigo.
-Risas-
Al llegar a
la casa de Isabel, Ignacio notó algo más extraño aún, había muchas fotos colgadas
en las paredes de diferentes momentos familiares, solo que, con una particularidad,
en todas, Isabel era una adolescente, no había fotos de ella en esa edad mas o
menos adulta, pero de sus hermanos y padres sí. Ignacio, no le prestó mayor
importancia a este detalle por lo que siguió al cuarto de Isabel, una vez ella
lo invitó a seguir, era un cuarto un poco oscuro, con cierta sensación de humedad,
con una decoración bastante vieja, si quería darle algún adjetivo descriptivo, no
parecía la habitación de una mujer de veinticinco años, que era la edad que
ella le había dicho que tenia mientras conversaban horas antes en el bar.
-Ya vengo, voy a la cocina a traer algo de
comer- dijo Isabel
Mientras tanto, Ignacio siguió ojeando las
cosas que se podían ver a simple vista de la decoración de Isabel, cuando
empezó a sentir un frío espeso que penetraba sus huesos, un olor mas o menos
nauseabundo y no entendía que era lo que pasaba.
-Isabel, ¿te demoras? - gritó Ignacio al ver
que Isabel se estaba tardando demasiado.
No recibió ninguna respuesta, entonces, se dirigió
a la cocina y ella no estaba allí. Se empezó a sentir fuertemente mareado,
deseando estar en su solitario apartamento o por lo menos en compañía de Mauro
con aquellas cervezas que si bien no era el mejor plan del mundo, si era mucho
mejor que aquello que estaba por pasar.
Ignacio, empezó a sentir como su cuerpo se desvanecía,
y su mente empezaba a quedar en blanco.
-Tal vez bebí mucho- pensaba Ignacio
Sentía golpes, y voces que no lograba
identificar, la casa estaba sola, a excepción de Isabel, recordó que le dijo
que su familia estaba de viaje.
De repente vio como Isabel se acercaba, y su
mirada se tornó fría, penetrante, el color de su piel se había convertido en un
tono blanco muy pálido, casi como ver las velas que prendía su madre para rezarle
a los santos.
-Ya estoy aquí- dijo Isabel ¿me extrañaste?
Isabel, levantó su vestido y se sentó sobre el
vientre de Ignacio, quien estaba en el piso, estupefacto, entumecido y sin
control sobre su cuerpo, sentía que ella estaba muy fría; sintió como su
masculinidad cobraba fuerza para adentrarse en las entrañas de Isabel, sin el
que él pudiera tener control sobre ello, era como si estuviese siendo víctima
de algún íncubo, pero sabía que eso seria lo mas extraño del mundo, pues
normalmente eso les pasaba a las mujeres, en una actividad onírica profunda.
Pero la realidad es que le estaba pasando a él,
con una mujer aparentemente normal que acababa de conocer, y de la que notó
ciertas cosas extrañas, pero para él era simplemente algo diferente en una
persona cualquiera.
Pronto sintió como brotaba sangre de su entrepierna,
la cara de Isabel, se iba desvaneciendo entre la oscuridad, los sonidos de las
voces circundantes se hicieron mas profundas, pero empezaba a notar un poco mas
de claridad en las frases que repetían.
-La inferioridad de las mujeres, solo está en tu
mente, porque el real inferior eres tú- mírate, no puedes hacer nada para defenderte.
Ignacio perdió la noción del tiempo, pensó que
habían pasado muchas horas y despertó en su casa, vio como su madre lloraba
desconsolada, su padre bebía sin musitar palabra y su hermana consolaba a su
madre.
Trató de acercarse a su madre para decirle que
muchas gracias por haberlo traído de nuevo a la casa, que tal vez, ahora estaría
mucho más cerca de ella y de su hermana, pero ella por alguna razón que Ignacio
no podía entender, no lo podía escuchar.
El celular de su madre timbró, la llamada era
de un numero desconocido, su madre nerviosa contestó y dijo -ok vamos para allá-.
Ignacio seguía sin entender que era lo que
sucedía, y se fue con su madre, pensando que seguramente ella estaba muy
irritada y por eso no le dirigía la palabra. Llegaron a un lugar, donde estaba
casi toda su familia reunida, sus amigos mas cercanos, Mauro lloraba y se culpaba.
Ignacio pronto se dio cuenta que se encontraba
en un funeral, pero no sabia quien se había muerto, se acercó a su madre en el momento
en que ella se acercaba a una urna, él quería saber que era lo que pasaba.
En el momento en que Ignacio, vio el contenido
de la urna, su mundo dio vueltas, vio como un pequeño vídeo de su vida pasaba
frente a él hasta tuvo tiempo de arrepentirse de todo aquello que decía que no
le daba sentido a su vida, porque en ese momento se dio cuenta que, si le daba
valor, que era lo que lo definía, que era su vida.
Todo quedó oscuro alrededor de él, solo
hubo una voz, una voz conocida pero temible; era Isabel que le decía:
¡Bienvenido al infierno!
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