Tal vez si lo
hubiera sabido, no habría llegado a ese punto de no reversa, tal vez si hubiese
escuchado los consejos de su sabía madre su destino habría sido otro, pero como
en muchas otras vidas las personas suelen tomar las decisiones más importantes
en los momentos más álgidos; era lo que llegaba a la mente de Mariana cuando se
detenía a pensar y repensar sobre sus actuales condiciones y cuando recordaba
esa infancia extrañamente feliz que tuvo al lado de esas personas a las que
alguna vez llamó familia.
Corrían los años
90, cuando en el seno de una familia Bogotana común de clase media, conformada
por Sol una mujer sensible pero aguerrida, de muslos fuertes y larga cabellera
negra, tez trigueña y frustrada por haber sido madre por equivocación pero
acomodada a su condición materna obligada por los cánones sociales que existían
por aquellos días; Don Pedro padre de Sol, incansable trabajador en su pequeña
zapatería, un hombre robusto con el cabello blanco como la nieve, unas gafas
exageradamente gruesas por las que Ana, su esposa, siempre se preguntó si veía más
allá de lo que cualquier otro mortal podría ver pues siempre le decía: ¡Ana,
por favor mira más allá de tus narices!; frase que caló en su mente todos los
años que compartió con él desde que se casaron en ese pueblo al que nunca más
pudieron volver, pues esa gente los sacó de su casa un día cualquiera a la
media noche y cuya única posesión fue la ropa que llevaban puesta.
Doña Ana, que
siempre fue el polo a tierra de Don Pedro, era una mujer determinada, obstinada
como muchas y amorosa como pocas, alta, con los ojos verdes como las esmeraldas
que hechizaban en cada posible intervención que hacía, arraigada a las
creencias religiosas de una sociedad donde era pecado traer hijos al mundo
fuera del sagrado matrimonio, cosa que desde siempre le trató de inculcar a
Sol.
Sin embargo, Sol era todo menos una mujer doblegada y menos a creencias que para ella no tenían fundamento alguno; seguramente por eso Mariana llegó a su vida de la manera menos pensada, pero la aceptó porque también pensaba que las cosas pasaban por algo y al final muy a pesar de sus escasos 20 años, se embarcó en el difícil oficio de ser mamá, una mamá soltera que no era bien vista por el resto de la sociedad, pues su retoño era producto del pecado libidinoso de sus más profundas pasiones, pues ese hombre dueño de sus ardientes deseos, desapareció tan rápido como apareció.
Sin embargo, Sol era todo menos una mujer doblegada y menos a creencias que para ella no tenían fundamento alguno; seguramente por eso Mariana llegó a su vida de la manera menos pensada, pero la aceptó porque también pensaba que las cosas pasaban por algo y al final muy a pesar de sus escasos 20 años, se embarcó en el difícil oficio de ser mamá, una mamá soltera que no era bien vista por el resto de la sociedad, pues su retoño era producto del pecado libidinoso de sus más profundas pasiones, pues ese hombre dueño de sus ardientes deseos, desapareció tan rápido como apareció.
Así fue como Don
Pedro y Doña Ana, terminaron por aceptar nuevamente a Sol en su casa, y ya no
sola, si no con esa hija producto del pecado a quien acogieron a regañadientes
y trataron hasta el final de sus vidas de que su destino fuera diferente al de
su madre, por su parte Sol, solo tuvo tiempo para trabajar tan duro como podía
para abastecer a aquella niña que dependía de ella y para quien ella era su
único modelo a seguir.
Para Mariana,
una niña con alma rebelde y cuestionadora, le resultaba difícil entender por
qué ella no tenía papá como los otros niños de la escuela pública a la que
asistía.
-Simplemente un
día vino y se fue, le decía Sol-
Claramente no
era una respuesta convincente para Mariana, quien como figura paterna siempre
había tenido a su bonachón abuelo, que alcahueteaba todos sus caprichos sin que
su abuela y su madre se enteraran, pues él también se compadecía de esa pobre
niña sin papá y de quien rogaba a Dios enderezara su camino para que no
repitiera la historia de su madre, y así fue hasta el final de sus días víctima
de un problema respiratorio consecuencia de su arduo trabajo como zapatero.
Mariana, ahora,
rodeada solo de su madre y su abuela y llenándose de un rencor al que no le
hallaba explicación alguna, se empecinó en encontrar a ese hombre que descargó
toda su irresponsabilidad en los hombros de su madre, quien nunca más conoció
el amor; pensaba muchas veces que era el actuar de un total inadaptado, tenía
muchas preguntas y ninguna respuesta, pues al hacerlas, Sol se limitaba a
cambiar el tema y decir que no recordaba donde lo había conocido y que escasamente
sabía su nombre y tampoco estaba segura de eso.
Algún día cuando
Sol se detuvo por un momento a observar a Mariana, después de bañarse, se
percató de que su hija era toda una mujer, que había heredado su estatura y sus
piernas fuertes, y en sus ojos veía los de su madre, pues eran tan verdes como
los de ella, claramente un mujeron llamativa ante los ojos de cualquier hombre
y merecedora del mejor amor de todos, siempre le decía:
“Tienes que
escoger muy bien quien se acerca a ti, no todas las caras bonitas son mansas
ovejas”
Mariana,
inconsciente de su belleza pero segura de las sensaciones que experimentaba al
ver a ese hombre maduro, que siempre veía al cruzar la calle, se preguntaba si
seguramente, de manera inconsciente , se enamoraba de la figura paterna que
nunca tuvo, se sentía protegida con solo sentir su instantánea compañía en ese
fragmento de tiempo en que estaba con ella al cruzar la calle, sonrojada por
esa inexplicable mezcla de emociones, un día dejó de lado todo pudor y se
acercó a él; lo único que se le ocurrió fue preguntar por una dirección que
ella sabía, no existía en su barrio, pues toda su vida había transcurrido allí,
sin embargo lo hizo y en ese preciso instante, sintió como sus manos sudaban,
sus piernas temblaban y su ser se desvanecía ante la mirada penetrante de aquel
hombre que rondaba los 45 años y que podría hasta ser su padre, pero que no
importaba, porque tenía más experiencia que cualquiera de sus amigos y ella
quería aprender de la experiencia y no de la experimentación.
En el pasado quedaron
los consejos de su madre cuando le decía aquello de tener cuidado con quien se
le acercaba, pues la pasión desbordante que generaba Martín en ella era tal,
que el pudor y el miedo se habían ido como a otra dimensión y solo quedaba
disfrutar de las mieles de la pasión que ofrecía el momento, pues sabía que
Martin, un hombre con vasta experiencia en el amor, no creía en ese sentimiento
cursi como en repetidas ocasiones lo llamaba.
-
Los dedos de los pies de las
personas son la parte más fea del cuerpo, le decía a Mariana un día después de
tener el sexo más desenfrenado que había podido experimentar hasta ese día. De
hecho, tus dedos se parecen a los míos, por lo menos es la única parte que no
me gusta de los dos. -
-
Mariana, por su parte decía que
los pies de todo el mundo eran iguales, menos mal siempre estaban cubiertos con
gruesas medias, por lo menos en Bogotá y nunca pensaba en cambiar de
residencia, por lo que no le afectaba en lo más mínimo la forma de sus pies.
Sol, preocupada
por las nuevas aventuras de su hija, le preguntó un día muy de madrugada:
¿De dónde vienes
con ese olor tan particular?
A lo que Mariana
respondió con aire autoritario y poco agradable, que no era su asunto, que le
dejara la vida en paz.
- Siempre te he preguntado el
nombre de quien es mi padre y nunca me lo has dado, porque seguramente ni eso
sabes.
Hubo un largo
silencio, un silencio en el que Sol, recordaba cada vez que prefería proteger a
su hija de verdades que a su concepto le resultarían amargas o inútiles pues
era capaz de dar todo a su hija para que no tuviera motivos para sufrir en la
vida como pasó con ella.
-
Martín retumbó Sol, el nombre
de tu padre es Martín, su perfume era fino y único, por eso, ese olor que traes
hoy me es tan particular.
En ese momento,
Mariana, no comprendía nada, recordaba lo dicho por Martin aquella noche,
encontrando parecido entre sus pies y los de él.
¡No puede ser,
esto es imposible! Pensó Mariana, claramente desconcertada.
Pasaron varios
días en los que analizó cada momento vivido con Martin, y fue encontrando lo
que no quería saber, Martin, era su padre y aunque ella no lo quisiera, esa era
la verdad, ahora, tan fuera de sí, tan humillada, tan poco elocuente, sabía que
había entregado sus pasiones a su propio padre y aunque él tampoco lo sabía,
simplemente llegó a la conclusión de que aquel hombre no era otra cosa que un
bastardo, un animal.
Ya no podía hacer nada, ya no podía devolver el tiempo a aquel instante y no detenerse a preguntar estupideces solo por acercarse a él, ahora el mayor problema de todos era saber que lejos de su intención básica de solo aprender del amor, estaba enamorada.
Ya no podía hacer nada, ya no podía devolver el tiempo a aquel instante y no detenerse a preguntar estupideces solo por acercarse a él, ahora el mayor problema de todos era saber que lejos de su intención básica de solo aprender del amor, estaba enamorada.
¡Estoy enamorada
de mi propio padre! ¿Qué es esto?
Mariana, que
siempre fue alejada de las costumbres religiosas de su abuela, no veía el
incesto que había cometido, como un pecado, lo vio como una antesala a lo que
posteriormente llamaría acuerdo natural con la vida.
Con las manos
untadas de sangre y diluida en un dolor inexplicable, Mariana veía a Martín,
ahí, postrado en esa cama que minutos antes había sido testigo de su éxtasis y
pasión y pensando que solo lo estaba liberando de sus errores del pasado, murió
lentamente como lento fue el sufrir de Mariana durante toda su vida al no tener
esa figura amiga que se llama papá y cuya único sonido que escuchó en esos
últimos instantes de vida, fue la voz de Mariana, informándole que era su
padre, que ella había sido el producto de una noche de mucho trago y de
descontrol entre él y su madre.
Vete, decía
Mariana, vete allá donde los pecados se perdonan, donde dicen que la felicidad
es tanta, que no cabe en las almas, debes irte feliz porque estoy ayudándote a
llegar más rápido, Mariana, pasó el resto de sus años estancada en la felicidad
interna de saber que el amor, había nacido y muerto en ella, por su propia
decisión dueña de su ser, de su vida, de su cuerpo y finalizando aquella
historia que su madre no pudo por temor o por resignación.
Imagen tomada de: https://www.pinterest.ca/pin/463518986633323796/
excelente!!😄
ResponderBorrarMe alegra que te haya gustado. :)
BorrarCómo debo decirle ahora. Cual es su seudónimo?. Me gustó , es una especie de tragedia griega a la colombiana . Patas vemos , andadas no sabemos
BorrarComo de tragedias se trata, estamos en el paraíso de la inspiración.
BorrarWow. Me erizo la piel! Corto pero intenso. Me pregunto cuando saldrá el próximo?
ResponderBorrarHola Johis, hay una siguiente entrada que se titula, "Una cara, mil matices" te puede gustar también. ¡Saludos!
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