miércoles, 29 de octubre de 2025

MI MAMÁ TU Y YO


Tal vez si lo hubiera sabido, no habría llegado a ese punto de no reversa, tal vez si hubiese escuchado los consejos de su sabía madre su destino habría sido otro, pero como en muchas otras vidas las personas suelen tomar las decisiones más importantes en los momentos más álgidos; era lo que llegaba a la mente de Mariana cuando se detenía a pensar y repensar sobre sus actuales condiciones y cuando recordaba esa infancia extrañamente feliz que tuvo al lado de esas personas a las que alguna vez llamó familia.

Corrían los años 90, cuando en el seno de una familia Bogotana común de clase media, conformada por Sol una mujer sensible pero aguerrida, de muslos fuertes y larga cabellera negra, tez trigueña y frustrada por haber sido madre por equivocación pero acomodada a su condición materna obligada por los cánones sociales que existían por aquellos días; Don Pedro padre de Sol, incansable trabajador en su pequeña zapatería, un hombre robusto con el cabello blanco como la nieve, unas gafas exageradamente gruesas por las que Ana, su esposa, siempre se preguntó si veía más allá de lo que cualquier otro mortal podría ver pues siempre le decía: ¡Ana, por favor mira más allá de tus narices!; frase que caló en su mente todos los años que compartió con él desde que se casaron en ese pueblo al que nunca más pudieron volver, pues esa gente los sacó de su casa un día cualquiera a la media noche y cuya única posesión fue la ropa que llevaban puesta.

Doña Ana, que siempre fue el polo a tierra de Don Pedro, era una mujer determinada, obstinada como muchas y amorosa como pocas, alta, con los ojos verdes como las esmeraldas que hechizaban en cada posible intervención que hacía, arraigada a las creencias religiosas de una sociedad donde era pecado traer hijos al mundo fuera del sagrado matrimonio, cosa que desde siempre le trató de inculcar a Sol. 

Sin embargo, Sol era todo menos una mujer doblegada y menos a creencias que para ella no tenían fundamento alguno; seguramente por eso Mariana llegó a su vida de la manera menos pensada, pero la aceptó porque también pensaba que las cosas pasaban por algo y al final muy a pesar de sus escasos 20 años, se embarcó en el difícil oficio de ser mamá, una mamá soltera que no era bien vista por el resto de la sociedad, pues su retoño era producto del pecado libidinoso de sus más profundas pasiones, pues ese hombre dueño de sus ardientes deseos, desapareció tan rápido como apareció.

Así fue como Don Pedro y Doña Ana, terminaron por aceptar nuevamente a Sol en su casa, y ya no sola, si no con esa hija producto del pecado a quien acogieron a regañadientes y trataron hasta el final de sus vidas de que su destino fuera diferente al de su madre, por su parte Sol, solo tuvo tiempo para trabajar tan duro como podía para abastecer a aquella niña que dependía de ella y para quien ella era su único modelo a seguir.

Para Mariana, una niña con alma rebelde y cuestionadora, le resultaba difícil entender por qué ella no tenía papá como los otros niños de la escuela pública a la que asistía.

-Simplemente un día vino y se fue, le decía Sol-

Claramente no era una respuesta convincente para Mariana, quien como figura paterna siempre había tenido a su bonachón abuelo, que alcahueteaba todos sus caprichos sin que su abuela y su madre se enteraran, pues él también se compadecía de esa pobre niña sin papá y de quien rogaba a Dios enderezara su camino para que no repitiera la historia de su madre, y así fue hasta el final de sus días víctima de un problema respiratorio consecuencia de su arduo trabajo como zapatero.
Mariana, ahora, rodeada solo de su madre y su abuela y llenándose de un rencor al que no le hallaba explicación alguna, se empecinó en encontrar a ese hombre que descargó toda su irresponsabilidad en los hombros de su madre, quien nunca más conoció el amor; pensaba muchas veces que era el actuar de un total inadaptado, tenía muchas preguntas y ninguna respuesta, pues al hacerlas, Sol se limitaba a cambiar el tema y decir que no recordaba donde lo había conocido y que escasamente sabía su nombre y tampoco estaba segura de eso.

Algún día cuando Sol se detuvo por un momento a observar a Mariana, después de bañarse, se percató de que su hija era toda una mujer, que había heredado su estatura y sus piernas fuertes, y en sus ojos veía los de su madre, pues eran tan verdes como los de ella, claramente un mujeron llamativa ante los ojos de cualquier hombre y merecedora del mejor amor de todos, siempre le decía:

“Tienes que escoger muy bien quien se acerca a ti, no todas las caras bonitas son mansas ovejas”

Mariana, inconsciente de su belleza pero segura de las sensaciones que experimentaba al ver a ese hombre maduro, que siempre veía al cruzar la calle, se preguntaba si seguramente, de manera inconsciente , se enamoraba de la figura paterna que nunca tuvo, se sentía protegida con solo sentir su instantánea compañía en ese fragmento de tiempo en que estaba con ella al cruzar la calle, sonrojada por esa inexplicable mezcla de emociones, un día dejó de lado todo pudor y se acercó a él; lo único que se le ocurrió fue preguntar por una dirección que ella sabía, no existía en su barrio, pues toda su vida había transcurrido allí, sin embargo lo hizo y en ese preciso instante, sintió como sus manos sudaban, sus piernas temblaban y su ser se desvanecía ante la mirada penetrante de aquel hombre que rondaba los 45 años y que podría hasta ser su padre, pero que no importaba, porque tenía más experiencia que cualquiera de sus amigos y ella quería aprender de la experiencia y no de la experimentación.

En el pasado quedaron los consejos de su madre cuando le decía aquello de tener cuidado con quien se le acercaba, pues la pasión desbordante que generaba Martín en ella era tal, que el pudor y el miedo se habían ido como a otra dimensión y solo quedaba disfrutar de las mieles de la pasión que ofrecía el momento, pues sabía que Martin, un hombre con vasta experiencia en el amor, no creía en ese sentimiento cursi como en repetidas ocasiones lo llamaba.

-          Los dedos de los pies de las personas son la parte más fea del cuerpo, le decía a Mariana un día después de tener el sexo más desenfrenado que había podido experimentar hasta ese día. De hecho, tus dedos se parecen a los míos, por lo menos es la única parte que no me gusta de los dos. -
-          Mariana, por su parte decía que los pies de todo el mundo eran iguales, menos mal siempre estaban cubiertos con gruesas medias, por lo menos en Bogotá y nunca pensaba en cambiar de residencia, por lo que no le afectaba en lo más mínimo la forma de sus pies.
Sol, preocupada por las nuevas aventuras de su hija, le preguntó un día muy de madrugada:

¿De dónde vienes con ese olor tan particular?

A lo que Mariana respondió con aire autoritario y poco agradable, que no era su asunto, que le dejara la vida en paz.

-     Siempre te he preguntado el nombre de quien es mi padre y nunca me lo has dado, porque seguramente ni eso sabes.

Hubo un largo silencio, un silencio en el que Sol, recordaba cada vez que prefería proteger a su hija de verdades que a su concepto le resultarían amargas o inútiles pues era capaz de dar todo a su hija para que no tuviera motivos para sufrir en la vida como pasó con ella.

-          Martín retumbó Sol, el nombre de tu padre es Martín, su perfume era fino y único, por eso, ese olor que traes hoy me es tan particular.

En ese momento, Mariana, no comprendía nada, recordaba lo dicho por Martin aquella noche, encontrando parecido entre sus pies y los de él.

¡No puede ser, esto es imposible! Pensó Mariana, claramente desconcertada.

Pasaron varios días en los que analizó cada momento vivido con Martin, y fue encontrando lo que no quería saber, Martin, era su padre y aunque ella no lo quisiera, esa era la verdad, ahora, tan fuera de sí, tan humillada, tan poco elocuente, sabía que había entregado sus pasiones a su propio padre y aunque él tampoco lo sabía, simplemente llegó a la conclusión de que aquel hombre no era otra cosa que un bastardo, un animal. 

Ya no podía hacer nada, ya no podía devolver el tiempo a aquel instante y no detenerse a preguntar estupideces solo por acercarse a él, ahora el mayor problema de todos era saber que lejos de su intención básica de solo aprender del amor, estaba enamorada.

¡Estoy enamorada de mi propio padre! ¿Qué es esto?

Mariana, que siempre fue alejada de las costumbres religiosas de su abuela, no veía el incesto que había cometido, como un pecado, lo vio como una antesala a lo que posteriormente llamaría acuerdo natural con la vida.

Con las manos untadas de sangre y diluida en un dolor inexplicable, Mariana veía a Martín, ahí, postrado en esa cama que minutos antes había sido testigo de su éxtasis y pasión y pensando que solo lo estaba liberando de sus errores del pasado, murió lentamente como lento fue el sufrir de Mariana durante toda su vida al no tener esa figura amiga que se llama papá y cuya único sonido que escuchó en esos últimos instantes de vida, fue la voz de Mariana, informándole que era su padre, que ella había sido el producto de una noche de mucho trago y de descontrol entre él y su madre.

Vete, decía Mariana, vete allá donde los pecados se perdonan, donde dicen que la felicidad es tanta, que no cabe en las almas, debes irte feliz porque estoy ayudándote a llegar más rápido, Mariana, pasó el resto de sus años estancada en la felicidad interna de saber que el amor, había nacido y muerto en ella, por su propia decisión dueña de su ser, de su vida, de su cuerpo y finalizando aquella historia que su madre no pudo por temor o por resignación.




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Antes de despertar

Eran las tres de la mañana. Había llovizna fina y neblina sobre la Av. Boyacá, a la altura de la calle 80. ¿Por qué aquí? —No lo sé—.

Corría con el impulso de quien quiere dejar algo atrás y, a la vez, ir hacia eso desconocido, pero intensamente anhelado. No ví a nadie en el camino —o nadie de quien fuera consciente—. De pronto, algo detuvo mis ansias y decidí terminarlo todo. Pensé que mi presencia hacía efecto cero en el mundo. Me detuve, miré a mi alrededor y, por un momento, sentí mi propia existencia: mi respiración, los latidos de mi corazón, las gotas de lluvia golpeando el suelo, el viento helado a toda velocidad, el color del caos, la incertidumbre, el desasosiego… yo.
  
Observé la distancia hasta el piso. Ya no quería correr; quería volar, aunque fuera en caída libre. Subí a la baranda del puente: lo sostenían tubos grises, redondos, firmes. Un paso al frente y todo acabaría. El viento me golpeaba; la velocidad terminaría contra el pavimento. ¿Dolor? ¿Rapidez suficiente para no reconocer mi nuevo estado? ¿Habría algo al volver a abrir los ojos? No me desconcertaba. De repente, mi consciencia se expandió: una paz profunda me invadió. Ya no era yo: era todo. ¿Qué es “todo”? ¿Cuánto es “nada”? ¿Lo vivido era el intermedio entre ambos mundos? Tal vez.
  
Para cada quien, la respuesta a esas preguntas es distinta. La vida puede ser los hechos que construyes y las emociones que imprimes en ellos. Para mí, era eso. Y sí: hubo un “algo” al abrir los ojos. Quedé estupefacta; no entendía mi estado. Ya no era materia: era alma, era aire. Solo sé que estaba.
  
Sentí como si alguien le bajara el volumen al mundo. Abrí los ojos y para mi sorpresa, la neblina seguía sobre la avenida. No había techo ni paredes: solo la calle, charcos, luz naranja de un poste y personas con apariencia pálida tendidas en el pavimento. Lloraban, gritaban, se retorcían cada cual en su propio lamento. Me hice pequeña; sentía una empatía sin fuerza, como si su dolor me atravesara el alma. Ellos me miraron con lástima: ellos al menos sabían por qué dolía; yo, no.
  
—Hola —dijo alguien con  voz femenina. A mi izquierda, una mujer alta, impecable, rubia, coleta larga, vestida de negro.
  
—No te conozco —dije—.
  
—No importa —respondió—. Ven. Te mostraré algo.
  
La seguí por  un largo trayecto. Al fin, aquello que quería mostrar.
  
Era una sucesión de pinturas, eran acuarelas. Reconocí a la niña: sus ojos curiosos corriendo por calles destapadas, era su vida misma. En cada pintura crecía. Las escenas de su vida pasaban como cine hecho de imágenes. Crecía y se volvía compleja. Perdí el rastro: su vida era caóticamente linda; ella no lo entendía, y yo menos.
  
—¿La reconoces? —preguntó.
  
—Claro —contesté—.
  
—Es una última oportunidad para ti —dijo.
  
Entonces todo giró: caos, recuerdos, emociones, alegría, llanto, esperanza, lágrimas… todo a la vez.
  
Desperté. Era un sueño. La niña de las acuarelas era yo.

VIRUS EN PAREJA


No era habitual que él estuviese ahí, normalmente su presencia era fugaz en cada uno de los días que hasta ahora había podido compartir con él; sin embargo, un buen día ocurrió que la vida cotidiana en esta ciudad cambió de manera arbitraria, pero por “el bien de todos”; situación que nos obligó a todos a encerrarnos en nuestras casas. Así las cosas, su presencia durante cada instante a mi lado tuvo que volverse habitual, lo que me ayudó a conocer otras de sus manías que no había percibido hasta hoy, era como conocerlo en una nueva faceta, un poco mas él, un poco más natural.

Y fue ahí donde empecé a preguntarme y a darle un poco mas el frente a la complejidad del comportamiento humano y de las relaciones que se llevan a cabo durante la vida, pues no es tan normal del todo, sentarte en tu computador y tratar de hacer las cosas que haces en tu trabajo, pero, ahora en tu propia casa, responder videoconferencias; tener a tu pareja todo el día a tu lado, y al mismo tiempo como si no estuviera porque su concentración debe estar en su labor; velar porque los quehaceres que normalmente haces los fines de semana o cuando mejor dispongas de hacerlas, estén a diario porque ensucias más, que la alimentación sea la adecuada y tratar de que no se repita, por lo que bajo estas nuevas condiciones, tengo un nuevo héroe a quien admirar y son las “SUPER AMAS DE CASA”.

Este es un periodo largo donde cada día puede ser un nuevo desafío de convivencia, casi como un “reallity” donde ocupas el mismo espacio con la persona a la que amas compartiendo las 24 horas del día 😅.

Así que este es el reto, el reto de la comprensión, el reto del amor, de la compañía, la tolerancia y la solidaridad; fácil suena, pero practicarlo es algo más complejo; así que espero que de todo este experimento social, salgan unos buenos productos convertidos en renacientes personas.

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UNA CARA, MIL MATICES


Ignacio, un hombre como cualquiera, con objetivos como todos, una profesión definida, un trabajo que, si bien no lo hacía del todo feliz, le aseguraba de alguna manera los ingresos necesarios para darse un nivel de vida adecuado, por encima del promedio de personas que batallaban día a día para conseguir el sustento de la supervivencia en la sociedad donde vive; y así, entre ires y venires transcurrían los días de Ignacio Roncancio, un hombre bogotano de 33 años que veía el mundo a través de un raro lente o por lo menos eso pensaban sus amigos más cercanos, pues, aparentemente todo en él parecía transcurrir de una manera normal como la de cualquier hombre a su edad, pero, él tenía un alma curiosa, con ganas de explorar muchas experiencias que  según él mismo, le hacían falta vivir pues su infancia fue un poco limitada en lo que a diferentes libertades se refiere y así como sus amigos mas cercanos pensaban que él veía la vida a través un raro lente también pensaban que era una mezcla extraña entre adolescente y adulto, algo así como un adultecente.

Un buen día cuando Ignacio salía de manera matutina a su trabajo, se encontró con Mauro, su amigo de toda la vida, quien se le quedó mirando de manera detenida, a lo que él le pregunta con cierto aire de burla:

-¿Hay algo especial en mi cara hoy Mauro?

- No, bro, es solo que hasta ahora no me había dado cuenta de que físicamente ha cambiado mucho, en serio -respondió Mauro-

Ignacio no le prestó mucha atención al comentario de Mauro, pero pensó que seguramente era cierto y posiblemente no lo había notado antes pues veía la misma cara todos los días frente al espejo; físicamente era un hombre de estatura media, con un corte de cabello clásico, tez blanca, ojos cafés grandes y mirada a veces un poco perdida; mientras Mauro era un hombre de mayor tamaño, robusto, trigueño y con una barba espesa pues pensaba que en realidad tenía una pelea cazada con las cuchillas de afeitar, cosa que Ignacio siempre le criticó, pues para él, los hombres debían mantener una apariencia limpia, de esas que hacen notar muy bien la cara; la barba, le decía en ciertas ocasiones, es el maquillaje para los feos y reían regularmente con el comentario.

Los dos habían decidido estudiar la misma carrera profesional pues desde niños habían pensado que tenían mentalidad y personalidad en común y que siempre serian amigos, sin embargo, con el pasar de los años, esa visión de niños fue cambiando pues claramente tenían personalidades muy diferentes, mientras Ignacio era metódico, cuadriculado y menos sociable, Mauro era dicharachero, le gustaba tener amigos por montón y en los estudios no le iba tan bien como a su amigo y tal vez por eso sentía cierta envidia hacia Ignacio.

En ese momento, Igancio sonrió irónicamente y le preguntó a Mauro si quería hacer algo el fin de semana a lo que este le contestó que claro, el partido de futbol sería ese sábado entonces también podrían compartir un par de cervezas.

-          ¡Listo, el sábado nos vemos entonces! -contestó Ignacio-

Los siguientes dos días transcurrieron con normalidad, nada extraordinario, pensaba Ignacio cuando llegaba a su apartamento, sólo, con un par de manzanas podridas en su nevera y comiendo únicamente lo que veía en las cartas de los domicilios porque aparte de todo, nunca había aprendido a cocinar ni lo mas básico para sobrevivir.

Durante los últimos años se sentía extraño, algo así como que no encajaba con nada, a veces se cuestionaba la profesión que había elegido, a veces quería desaparecer en términos físicos a la familia en la que había crecido, que en sí no era muy numerosa. Su madre, una mujer abnegada, hogareña, cuya mayor labor fue dedicarse a la crianza de sus dos hijos, rondaba los sesenta años y siempre estuvo bajo la sombra de su padre, era de baja estatura, ahora con los años, su cabello era totalmente blanco, siempre estuvo ahí para atenderlo, Ignacio nunca supo si su madre tenia sueños reprimidos o si tal vez tenía algún tipo de frustración por haber querido hacer otra cosa diferente a ser madre, tal vez la señora Matilde solo tuvo un sueño y fue lo que al final realizó, mantener su familia a costa de lo que fuera.

Su padre, un hombre estricto, de fuerte presencia y alta estatura y cuyo nombre sonaba igual de fuerte que su personalidad don Aaron, y de quien heredó ese apellido raro por el que muchas veces lo molestaban en el colegio, don Aaron Roncancio era un hombre que siempre impartió disciplina en su casa, violento, castigaba severamente a sus hijos por la mas mínima pequeñez, y claro, a Ignacio por ser hombre, le habían tocado los golpes más dolorosos; muchas veces Ignacio había tenido que ver a su padre en compañía de prostitutas, pues esta al igual que el alcohol, era otra de las debilidades de su padre pero tenía prohibido hablar de este tema delante de su madre, pues don Aaron siempre decía que en su casa habitaba una suerte de mujeres que sencillamente debían vivir en servicio de la familia, la cocina y el hogar.

Claramente un hombre con fuertes comportamientos machistas y algo misóginos, lo cual repercutió fuertemente en la relación de Ignacio con las mujeres, empezando por su hermana, Juana, que aunque no se sentía orgulloso de pensarlo, siempre tuvo en la mente que era un ser inferior, pues solo pasaba el tiempo con sus amigas hablando de nada, temas vacíos, era una estudiante promedio, muy bonita por cierto y por esta misma característica nunca le faltaron los pretendientes, lo que lo hacía pensar que no iba a tener dificultad a la hora de conseguir marido.

Nunca tuvo una conversación de nada importante con ella, peleas un tanto normales entre hermanos, el simplemente prefería ignorarla y en la mayoría de las ocasiones, negaba tener una hermana, hasta Mauro, su amigo, pensaba que era hijo único y que Juana era una prima lejana.

El día del partido llegó, así que siendo las 3 pm de ese sábado Ignacio llegó al punto de encuentro con Mauro, bebieron un par de cervezas mientras empezaba el partido, sin embargo, Ignacio se sentía exhausto de su vida, de las cosas que pasaban y de las que no; así que mientras hablaba de temas triviales con Mauro, miró a la puerta y en ese mismo instante, entraba una mujer muy hermosa, tal vez la más bonita que en su vida hubiera visto pero no sabía cómo acercársele ni como hablarle; Mauro se dio cuenta de que su amigo tenía toda la atención puesta en aquella mujer así que conociendo la timidez de su amigo, tomó el sartén por el mango y se acercó a aquella mujer, que si bien era bonita, tenía algo particularmente extraño en su manera de hablar y de vestirse.

Hola -le dijo Mauro a la mujer-, me llamo Mauricio y bueno, la verdad es que mi amigo te quiere conocer, pero ya sabes, es algo tímido y no sabe como acercarse, si quieres puedes venir a nuestra mesa y tomar algo con nosotros.

Mi nombre es Isabel, -le contestó la mujer-, claro, en un rato paso por su mesa.

Pasaron veinte minutos y la mujer aún no se acercaba, por lo que Mauro le dijo a Ignacio, que lo había intentado, pero al parecer Isabel no iría.

Dicho esto, Isabel se acercó y saludó a Mauro, estiró su mano hacia Ignacio y le dijo:

-Mucho gusto, me llamo Isabel, ¿Cómo te llamas?

-Ignacio, un placer -contestó Ignacio-

Mauro sabía que su presencia era algo menos que innecesaria así que se apartó y los dejó solos para que se conocieran.

Ignacio entró rápidamente en confianza con Isabel, aunque también notó algo extraño en ella, esto la hizo más interesante aún ante sus ojos.

Hablaron durante casi toda la noche, Ignacio olvidó por completo la compañía inicial de Mauro, por lo que simplemente este se había ido del lugar mucho antes de que Ignacio se acordara de él. La charla con Isabel era tan entretenida que simplemente el tiempo para Ignacio pasó en un abrir y cerrar de ojos, hablaron de lo que les gustaba, de lo que no, de sus vidas rutinarias y de sus melancolías por supuesto.

-Aún no le encuentro sentido a mi vida- decía Ignacio, tengo momentos interesantes como este, pero no va mucho más allá, es como ese sin sabor con el que amaneces a diario y nada pasa, solo los días delante de ti.

Isabel escuchaba a su interlocutor y recordaba que ella sentía precisamente eso aquella noche donde las puertas de la oscuridad se abrieron para siempre, y aunque oscuras, en ese espacio atemporal simplemente encontró la paz a su manera. Por lo que le dijo a Ignacio, que esas sensaciones eran de lo mas normal, que él encontraría ese camino por donde transitar para hallar eso que tanto anhelaba, pero que los obstáculos serian siempre lo constante, lo único seguro es la inseguridad atrapante en todo este camino.

Miraron el reloj, y se dieron cuenta que eran casi las tres de la mañana, Isabel, sin apuro, le propuso a Ignacio acompañarla a su casa y donde podrían tomar unas copas más.

-Bueno, no tengo problema- dijo Ignacio

De camino, Ignacio le preguntó a Isabel -¿con quién vives?-

-Con mi familia- respondió Isabel, sin entrar en mucho detalle, pero ellos están de viaje, así que no habrá problema si llego a casa con un amigo.

-Risas-

Al llegar a la casa de Isabel, Ignacio notó algo más extraño aún, había muchas fotos colgadas en las paredes de diferentes momentos familiares, solo que, con una particularidad, en todas, Isabel era una adolescente, no había fotos de ella en esa edad mas o menos adulta, pero de sus hermanos y padres sí. Ignacio, no le prestó mayor importancia a este detalle por lo que siguió al cuarto de Isabel, una vez ella lo invitó a seguir, era un cuarto un poco oscuro, con cierta sensación de humedad, con una decoración bastante vieja, si quería darle algún adjetivo descriptivo, no parecía la habitación de una mujer de veinticinco años, que era la edad que ella le había dicho que tenia mientras conversaban horas antes en el bar.

-Ya vengo, voy a la cocina a traer algo de comer- dijo Isabel

Mientras tanto, Ignacio siguió ojeando las cosas que se podían ver a simple vista de la decoración de Isabel, cuando empezó a sentir un frío espeso que penetraba sus huesos, un olor mas o menos nauseabundo y no entendía que era lo que pasaba.

-Isabel, ¿te demoras? - gritó Ignacio al ver que Isabel se estaba tardando demasiado.

No recibió ninguna respuesta, entonces, se dirigió a la cocina y ella no estaba allí. Se empezó a sentir fuertemente mareado, deseando estar en su solitario apartamento o por lo menos en compañía de Mauro con aquellas cervezas que si bien no era el mejor plan del mundo, si era mucho mejor que aquello que estaba por pasar.

Ignacio, empezó a sentir como su cuerpo se desvanecía, y su mente empezaba a quedar en blanco.

-Tal vez bebí mucho- pensaba Ignacio

Sentía golpes, y voces que no lograba identificar, la casa estaba sola, a excepción de Isabel, recordó que le dijo que su familia estaba de viaje.

De repente vio como Isabel se acercaba, y su mirada se tornó fría, penetrante, el color de su piel se había convertido en un tono blanco muy pálido, casi como ver las velas que prendía su madre para rezarle a los santos.

-Ya estoy aquí- dijo Isabel ¿me extrañaste?

Isabel, levantó su vestido y se sentó sobre el vientre de Ignacio, quien estaba en el piso, estupefacto, entumecido y sin control sobre su cuerpo, sentía que ella estaba muy fría; sintió como su masculinidad cobraba fuerza para adentrarse en las entrañas de Isabel, sin el que él pudiera tener control sobre ello, era como si estuviese siendo víctima de algún íncubo, pero sabía que eso seria lo mas extraño del mundo, pues normalmente eso les pasaba a las mujeres, en una actividad onírica profunda.

Pero la realidad es que le estaba pasando a él, con una mujer aparentemente normal que acababa de conocer, y de la que notó ciertas cosas extrañas, pero para él era simplemente algo diferente en una persona cualquiera.

Pronto sintió como brotaba sangre de su entrepierna, la cara de Isabel, se iba desvaneciendo entre la oscuridad, los sonidos de las voces circundantes se hicieron mas profundas, pero empezaba a notar un poco mas de claridad en las frases que repetían.

-La inferioridad de las mujeres, solo está en tu mente, porque el real inferior eres tú- mírate, no puedes hacer nada para defenderte.

Ignacio perdió la noción del tiempo, pensó que habían pasado muchas horas y despertó en su casa, vio como su madre lloraba desconsolada, su padre bebía sin musitar palabra y su hermana consolaba a su madre.

Trató de acercarse a su madre para decirle que muchas gracias por haberlo traído de nuevo a la casa, que tal vez, ahora estaría mucho más cerca de ella y de su hermana, pero ella por alguna razón que Ignacio no podía entender, no lo podía escuchar.

El celular de su madre timbró, la llamada era de un numero desconocido, su madre nerviosa contestó y dijo -ok vamos para allá-.

Ignacio seguía sin entender que era lo que sucedía, y se fue con su madre, pensando que seguramente ella estaba muy irritada y por eso no le dirigía la palabra. Llegaron a un lugar, donde estaba casi toda su familia reunida, sus amigos mas cercanos, Mauro lloraba y se culpaba.


Se acercó a Mauro, y le dijo ¿Cuál es su lloradera?, el próximo fin de semana nos vemos otra vez. Mauro no contestó nada.

Ignacio pronto se dio cuenta que se encontraba en un funeral, pero no sabia quien se había muerto, se acercó a su madre en el momento en que ella se acercaba a una urna, él quería saber que era lo que pasaba.

En el momento en que Ignacio, vio el contenido de la urna, su mundo dio vueltas, vio como un pequeño vídeo de su vida pasaba frente a él hasta tuvo tiempo de arrepentirse de todo aquello que decía que no le daba sentido a su vida, porque en ese momento se dio cuenta que, si le daba valor, que era lo que lo definía, que era su vida.

Todo quedó oscuro alrededor de él, solo hubo una voz, una voz conocida pero temible; era Isabel que le decía:

¡Bienvenido al infierno!

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