miércoles, 29 de octubre de 2025

Antes de despertar

Eran las tres de la mañana. Había llovizna fina y neblina sobre la Av. Boyacá, a la altura de la calle 80. ¿Por qué aquí? —No lo sé—.

Corría con el impulso de quien quiere dejar algo atrás y, a la vez, ir hacia eso desconocido, pero intensamente anhelado. No ví a nadie en el camino —o nadie de quien fuera consciente—. De pronto, algo detuvo mis ansias y decidí terminarlo todo. Pensé que mi presencia hacía efecto cero en el mundo. Me detuve, miré a mi alrededor y, por un momento, sentí mi propia existencia: mi respiración, los latidos de mi corazón, las gotas de lluvia golpeando el suelo, el viento helado a toda velocidad, el color del caos, la incertidumbre, el desasosiego… yo.
  
Observé la distancia hasta el piso. Ya no quería correr; quería volar, aunque fuera en caída libre. Subí a la baranda del puente: lo sostenían tubos grises, redondos, firmes. Un paso al frente y todo acabaría. El viento me golpeaba; la velocidad terminaría contra el pavimento. ¿Dolor? ¿Rapidez suficiente para no reconocer mi nuevo estado? ¿Habría algo al volver a abrir los ojos? No me desconcertaba. De repente, mi consciencia se expandió: una paz profunda me invadió. Ya no era yo: era todo. ¿Qué es “todo”? ¿Cuánto es “nada”? ¿Lo vivido era el intermedio entre ambos mundos? Tal vez.
  
Para cada quien, la respuesta a esas preguntas es distinta. La vida puede ser los hechos que construyes y las emociones que imprimes en ellos. Para mí, era eso. Y sí: hubo un “algo” al abrir los ojos. Quedé estupefacta; no entendía mi estado. Ya no era materia: era alma, era aire. Solo sé que estaba.
  
Sentí como si alguien le bajara el volumen al mundo. Abrí los ojos y para mi sorpresa, la neblina seguía sobre la avenida. No había techo ni paredes: solo la calle, charcos, luz naranja de un poste y personas con apariencia pálida tendidas en el pavimento. Lloraban, gritaban, se retorcían cada cual en su propio lamento. Me hice pequeña; sentía una empatía sin fuerza, como si su dolor me atravesara el alma. Ellos me miraron con lástima: ellos al menos sabían por qué dolía; yo, no.
  
—Hola —dijo alguien con  voz femenina. A mi izquierda, una mujer alta, impecable, rubia, coleta larga, vestida de negro.
  
—No te conozco —dije—.
  
—No importa —respondió—. Ven. Te mostraré algo.
  
La seguí por  un largo trayecto. Al fin, aquello que quería mostrar.
  
Era una sucesión de pinturas, eran acuarelas. Reconocí a la niña: sus ojos curiosos corriendo por calles destapadas, era su vida misma. En cada pintura crecía. Las escenas de su vida pasaban como cine hecho de imágenes. Crecía y se volvía compleja. Perdí el rastro: su vida era caóticamente linda; ella no lo entendía, y yo menos.
  
—¿La reconoces? —preguntó.
  
—Claro —contesté—.
  
—Es una última oportunidad para ti —dijo.
  
Entonces todo giró: caos, recuerdos, emociones, alegría, llanto, esperanza, lágrimas… todo a la vez.
  
Desperté. Era un sueño. La niña de las acuarelas era yo.

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